20 sept 2011
27 ago 2010
3 dic 2009
21 may 2009
18 may 2009
Y ahí estoy, como un tonto superado, pensando en que lo que hago, hoy, está bien. Ahí estoy, machacándome contra la pared, desfigurando mi rostro, interpelando mis verdaderos deseos, obstaculizando lo que erróneamente algunos llaman camino. Estoy, pero no estoy, porque deambulo como un fantasma, me aparto continuamente de lo que intento ser, me regodeo cuando algo tan pequeñito sale bien, me entristezco cuando algo también tan chiquito, sale mal. Ahí estoy y ahí estamos, en la nada misma, en esta cosa plástica que yo no sé definir y vos, que es peor, no llegas ni a verla. La cosa artificial, que nos rodea en busca de compañía, de unirnos, en una sinrazón apabullante, destilando ausencias, ausencias, ausencias. Ahí estoy con treinta años una vida boludita y vos sin poder verme, fortaleciendo mi identidad de hormiga. Acá estoy temblando sobre las palabras y vos que hace sólo un rato me contabas de tus historias pasadas y de tus amores y de cómo te dejaron y de cómo dejaste y yo, con la cara de piedra, el cigarrillo infumable tragándomelo todo, la sonrisa latosa, que ya me conocés hace un año y aún no te avispas de que no está todo bien, de que yo ahí me estoy sabiendo perezoso, incómodo y deseando cualquier otra situación, la que sea. Ay, el amor, tan distinto a las atrocidades individuales, tan diferenciado de la vida y la muerte, que golpea a destellos, bien, te digo, ahí me contabas cualquier horror de lo que pudiera haber sido tu vida en determinado momento, y mi cara de piedra se hubiera transformado en simplemente mi cara, la única que tengo y puedo mostrar cuando sólo soy yo... Pero no, nos enfrascamos, juntos, en lograr desconocernos en presencia; me trago el salivazo cuando en una especie de egolatría deprimente te afirmo cuánto perdí cuánto salió todo mal cuán mal estamos qué perdido está todo. Haces oídos sordos y eso termina gustándome, trato de cobijarme en tu lerdo y mínimo cariño, en tu forzosa búsqueda de compañía. Y ahí estoy, con mis años, vendiendo mi fuerza de trabajo atendiendo clientes (sonrío ocho horas con el ánimo por el piso), para después, en la infernal ciudad, esquivar individuos que se parecen a Frankenstein, llegar y esperarte ansioso sin poder ni siquiera calmarme y al vos venir, tarde y sin ganas y con una obligación que se parece a la que yo tengo con el supermercado, repetir lo que repetimos hace tiempo, el intento de conocernos un poco más, sin destino, como dos lagartijas en el desierto. Y ahí estoy y te bajo a abrir la puerta, no te enojes que me voy, me decís, ya no recuerdo qué contesto, pero camino famélico a tu costado, en silencio y en una búsqueda que intenta buscar las palabras para después acomodarlas en la oración y que no, no están, no hay posibilidad de ser determinante, escojo el silencio y vos lo único que repetís es que no me enoje. Te sigo diciendo que no y nos despedimos; la repetición de la cadena sé que se seguirá dando en las próximas semanas, por decir algo, por decir cualquier cosa, por en vano dejar la marca de que el ideal de construcción que mañana al caminar me guiará la sonrisa es falso, es mentira, que es barro amoroso del porvenir idiota que acumulamos a la par del descuento de los días.
7 abr 2009
11 mar 2009
Con el rock crecí y seguiré creciendo. Uno va escuchando, creando nexos, enganchándose, enamorándose, continúa, duda de otras cosas, uno es constantemente aderezado por el clima musical que acompaña el devenir. Ahí están las distorsiones y los arpegios y los cuelgues instrumentales, las canciones perfectas, las voces desgarradas, lo que suena sincero para unos y para otros no, el defender a un grupo o a un músico, el criticarlo, el obedecerlo, el seguirlo, el sentirlo. Desde hace unos meses existe en mi vida una banda llamada Ático, de
18 feb 2009
Tu forma de actuar
para así convertirlo en...
En...
Desgracias. Sentimientos desfigurados
que rodean tu corazoncito de leche.
Tibio tibio tibio.
Ese es tu paso. Es claro que si no estás,
todo se desmorona.
Paradoja del desencuentro, ésta, amor,
que nos arroja y libera.
15 feb 2009
Qué fácil que es dudar y envolverse en la confusión, así quemar el tiempo, desgastarlo y transformarlo en pasado. Qué es lo que queda, no sabemos. Un amigo escribió: “Madurar es disecar la lagrima atragantada” y le doy la razón. Confundirse para evadirse, confundirse para no ir a los bifes. Pareciera a propósito. En la jerga amiguera, nuestra, la palabra, exaltada y potenciada hacia el absurdo, es “comerla”. En busca de comerla, de morfarla. ¿La estás comiendo?, sí, claro, contestamos. Así al unísono. Los perros se manejan así. Este intento de poema es para nosotros. Ya es siempre lo mismo. Releerlo es caer en la triste cuenta del procedimiento de la no-creación. O quizá no. Quizá uno elige, aunque no siempre se sienta figurado, ese camino distorsionado, y así hasta la muerte. Y así hasta vivir. Y así para siempre.
Los cachorros
Entonces enfadados:
la pesadumbre conmueve,
expulsa.
Entonces:
¡qué del asado!
¡qué del tiempo perdido!
¿perdido?
¿aniquilado?
Gastado…
Ráfagas patagónicas
que golpean por dentro y por fuera
el material
el corazón
Vientos crueles…
Traigan certezas
de que la vida...
De que en la vida hay sorpresas
¡De que algo nuevo refleja!
Pero si con estas manitas, vientos…
Si con estas manitas voy a morir…
Si con estas manitas te abrazaré por siempre hasta el día
¡Ay de mí de vos y de todos!
¡de qué estamos hechos!
No nos pongamos trágicos,
allá está el prado
el animal
–nuestro par–
avizora
Y queda tan calladito…
¡esta es su salvación!
¡Salve, instintos!
¡Celebremos lo salvaje!
En el desierto el débil cobra fuerzas,
aclarece sus ideas,
festeja su cuerpo,
construye lo inalcanzable…
Lo acerca de un tirón
para abrazarlo y concluir:
si hay camino
detrás del arbusto
entonces
correr
(pasos gigantes)
batir al cansancio
escupir al dolor
sangrar de sudor
gritar de amor
¡hasta que el eco
sea escuchado!
¡hasta que la razón
de enferma y astuta
desaparezca en el desierto!
Al momento, entonces
de cocinarnos famélicos
la respuesta
es no
la respuesta
es sí
…unámonos cachorros
que siendo presas devoradas
y no deglutidas
del otro lado
(del precipicio)
hay que continuar
24 ene 2009
22 dic 2008
27 nov 2008
Tell Tale Signs
Now, I've heard of a guy who lived a long time ago
A man full of sorrow and strife
Whenever someone around him died and was dead
He knew how to bring 'em on back to life
Well, I don't know what kind of language he used
Or if they do that kind of thing anymore
Sometimes I think nobody ever saw me here at all
'Cept the girl from the Red River shore
22 nov 2008
19 nov 2008
1
Las ideas parecieran atropellar la miseria apenas nacen. Se topan inconcientemente con la desgracia. Así nacen: podridas, con una fuerza que no es fuerza, con un destino muy cierto. Se mueven y fluyen con una voluntad de muerte demasiado exasperante.
El tiempo es otro en la noche. Mientras todos duermen Darío está blasfemando contra todo y todos. Cuando se acuesta, todo termina. Algo pasa, entre medio de los sueños, entre esas horas muertas. Darío no sabe qué, simplemente hace años que no recuerda ningún sueño. No sabe si en ese ínterin algo pasó, algo se modificó en él. Quiere pensar que sí. Pero termina dudando, como hace con todo.
Los movimientos físicos de Darío son interpelados por un signo de interrogación. El signo se cruza, lo hace tropezar, caer, volver a levantarse. La incertidumbre adictiva y repugnante como proceso regulador en la supuesta carrera de vida.
Ya no es tiempo para el humor. Ya mucho tiempo gastó Darío en el refugio de la sonrisa hacia las miserias familiares y a las desgracias del ser humano. Ya es tiempo de vislumbrar algo nuevo para seguir en pie.
2
En Don Torcuato mi viejo le pidió el Renault al tío Estobar en la mañana del domingo. ¿A qué hora más o menos el asado?, le dijo Padre, y Estobar contestó que como a la una. Decidió ir a visitar a su madre a Villa de Mayo. Le dije que lo acompañaba. Fuimos y no estaba. Seguramente está en el Salón de los Testigos, dijo mi viejo. Y tuvo una buena idea: ir a lo de Adín, un amigo del que, por lo menos en mi infancia, escuché mucho. ¿Y sabés si sigue en el mismo kiosco que cuando vos te fuiste?, le pregunté. Dijo que seguramente y partimos. Estaba Adín y Elena, la esposa. También llamaron a Claudio y apareció de pronto una prima de Elena y después una del barrio que sólo recordó a mi viejo cuando le dijeron que lo apodaban “Flaco”. Rememoraron anécdotas, se habló de quiénes estaban enfermos y quiénes no, de quiénes murieron. El último había sido un muy amigo de Elena del que mi viejo no recordaba nada –aunque se esmeró y todos los presentes hicieron esfuerzo por detallar anécdotas con él de hace más de veinte años. Elena contó que no daba más. Depresión, depresión, no aguantó, repetía Elena. Le hicieron una muy fea. Lo mataron señalándolo. Se puso un poco mal y creo que empezaron a hablar de otra cosa. No aguanté la curiosidad y pedí que me cuenten. Resulta que a Sandro lo dejaron solo. La mujer se le fue con uno y parece que se le reían. Que lo llamaban y lo jodían. La misma ex mujer y el nuevo esposo. Y la familia de éste nuevo hombre en la vida de la mujer con la que Sandro estaba se mantenía en sintonía con la hijaputez. Y colaboró haciendo carteles donde acusaban a Sandro de cornudo. Con un dibujo y todo, dijo Elena, no sabés lo mal que estaba Sandro, yo no lo podía creer. Colgaron un pasacalle, también, y acá en la peluquería pegaban carteles. Lo jodían por teléfono, se tuvo que cambiar de teléfono, remató Elena. Claudio, pensando en Jesús, dijo algo como que el Señor iba a hacerle caer el peso a estos culpables.
3
Mi abuela tiene alzheimer y no hace más que reírse todo el tiempo. Ante cada cosa, ríe. Siempre fue callada, recuerdo lo difícil que era dialogar con ella. Desde que murió su esposo y su hija menor esto se acentuó fuertemente. Ahora Madre y Tía se quejan de lo mal que está y todo el mundo familiar habla más de ella de lo que hablaron los últimos diez años. La enfermedad es el motor-sindrome de la reacción de todos ante mi abuela y ella no está más que riendo de todo y todos. Ya pasó la barrera: superó la voluntad de muerte. (Tampoco tiene conciencia de espera.)
13 sept 2008
Es raro, cuando uno se escapa, vuelve a las dos semanas, y alguien le hace la pregunta de cómo fue todo. Porque no hay un medio, un desarrollo, o sí lo hay pero no tiene figuración. Dos semanas de desconexión, en un lugar de frío polar y soledad, donde las juntas con gente tienen tópicos generalmente de y sobre dinero, los señores y las señoras hablan de los últimos negocios, los problemas parecieran ser siempre los mismos; la plata pareciera, a simple vista, reinar más que en otros lugares, aunque esto es sólo una fantasía. El noticiero local de Comodoro Rivadavia muestra los paros obreros. El sindicato petrolero reúne cada vez más gente, algunos otros dicen que los petroleros no quieren trabajar, “acá nadie quiere laburar”, pero bueno, los comentarios siempre están y otros hacen oídos sordos y otros alardean sin saber sobre qué alardean. Yo (qué primera persona delatora: yo yo yo, sí, yo, un pendejo totalmente neutral que casi siempre escucha y no se anima a opinar porque, seguramente, no tiene aún la sangre totalmente caliente) escuchaba, y no hacía otra cosa: seguramente ni pensaba. La desinformación es grande; sin PC para chequear un poco internet, sin diarios. Sólo la tele, la tele la tele la tele. Prendo en un momento y muestran los muertos actuales de la guerra Rusia-Georgia y no sé por qué, quiero saber por qué, qué está pasando, pero sólo muertos y muertos, nadie dice por qué, qué hay en el medio, pareciera no importarles, maldito TN, no estoy enterado de nada. Hoy me entero de la victoria del compañero Evo; hoy me entero de que Bush en Beijing dijo algo así como “¿Guerra? ¿Por qué otra guerra?”, acumulando otra joyita falsa más a su atroz prontuario; hoy el profesor relaciona el hecho actual de Georgia con el Galtieri de la época de Malvinas, Estados Unidos de fondo, a ver si nos salva la gran potencia mundial, a ver si acude a nuestra ayuda: ya basta. Volver al clima, volver al crispamiento de venas: si lo vemos en términos de correcto o incorrecto, creo es correcto.
No hay un medio: no sabemos qué hicimos. Sí recuerdo caminar y disfrutar, gracias al reproductor de mp3, que es una salvación –porque yo usaba discman, pero en el bolsillo solía llevar no más de dos discos. Y sí hay momento para caminar y combatir el frío con, por ejemplo, Beyond de Dinosaur Jr., caminar y caminar, en una batalla contra nadie. La mirada hacia el horizonte de puro pedregullo, mientras acompañan los fantasmas de algo que después de las doce de la noche pareciese muerto. O ir escuchando Pavement, Brighteen the corners, que suene fuerte Stereo, y que siga Shady Lane, y sortear las casas, que cada vez están mas yankees y burguesitas, con su pastito recién cortado y sus veredas afiladas y armaditas como las de las familias de los Sims, y jugar, a ver, cada cuántas cuadras hay simplemente una luz en un living, o algo: algún aventurero que no pueda dormir; otro aventurero que vea una película, 2 o 3 amigos tomando una cerveza con la cortina abierta: situaciones que no encontré, aunque tampoco las busqué, era simplemente un registro al compás de la desconexión. La atención puesta en nimiedades que también logran hervir la sangre, de otro modo, claro, pero sí hay un paralelismo.
Rada Tilly va creciendo, con sus casas, como decía, para que la gente desfile el domingo por la costanera, y que señor al volante le haga un comentario a señora de al lado, sobre las casas, mirá esta mansión, mirá esta otra, qué hermoso ventanal, mirá cómo tienen el césped. Hasta hay arquitectos de moda: cada construcción o refacción lleva los mismos nombres en el cartel arquitectónico de su enrejado. Eso pega en el inconsciente, pienso.
No sé qué hice ni qué paso, sólo me quedan vestigios de críticas sin fundamentos que quedaron escondidas; los resabios los cuelo acá en el blogger, porque entro, veo qué onda, lo veo acá, caído, sin sentido, me pregunto para qué está, qué estoy haciendo, qué intento con esto, concluyo en nada, en que no sé, y todo termina en duda. Sólo queda el principio y el fin.
El principio, un viaje en colectivo divertido, viajar con dos chicas de Tandil, las dos enfermeras; un amigo de Río Gallegos las invitó a vivir al sur, a ver si hacían unos pesos más y se desligaban un poco de sus problemas, el famoso empezar de nuevo. Mariana tiene 19 años, y era la joven de ellas, y era linda, muy linda. Gabriela tenía 40. Eran amigas, se conocieron en el Hospital Público de Tandil; al tiempo el viejo de Mariana la echó de la casa porque empezó a practicar boxeo (ya había dejado la escuela, ese había sido el primer enojo del padre, y después un par de cosas más y las descripciones de Mariana sobre lo ogro que es el padre, no las recuerdo, pero eran puntillosas, emocionales y desgarradoras) y Gabriela, separada, sus dos hijos viviendo con el padre, la invitó a Mariana a su casa. A los tres meses salió esta oportunidad, la de Gallegos, y se jugaron. Mariana le mandó un mensaje a su mamá desde el mismo colectivo, que estaba viajando. La madre también le contestaba por mensaje. Viajé 30 horas con ellas, y fue divertido. Me gané el Bingo Andesmar (gracias a ellas, que cuando completé se animaron a gritar “¡Bingo Andesmar, Bingo Andesmar!”, ante la advertencia del azafato buena onda mendocino, que dijo que había que avisar en voz alta, si no, no había ganador), tomé vino con ellas, vi videos de boxeo de Mariana en su celular, veía cómo golpeaba a sus rivales, qué fuerza tenía, y qué delicada era. Empezó boxeo hace un año, y es, seguramente, la reina del gimnasio, con sus ojos miel, su piel trigueña y delicada, rebosante de una feminidad que, pienso, debe causar estragos en el ring.
El fin, estar acá de nuevo encerrado en esta jaula de departamento, que me hace muy bien y muy mal a la vez; cargarme de humo y de indecisión, rechazar las llamadas de mi madre y apuntar estas cosas en forma de diario, inmiscuirme en un infierno de conversación, retomar este texto que empecé cuando llegué y lo dejé tirado y acá está y sigo tipeando sin saber adónde ir pero pensando que de alguna forma, todo esto, para nada agudo, sino borroso y distorsionado, es una posible salvación.
13 jul 2008
Con sólo pensar que Nick Drake reina estos días algo deviene en todo este estado. Algo está mal, o algo está bien. Alguna parte está bien, otra mal. Eso lo sabemos. También sabemos que esto no es así. Que si esto sigue así, va camino a explotar. También conocemos de magia. ¿Conocemos de estabilidad emocional? Patrañas de niño, dijeron por ahí. “Emociones de adolescente”, retumba en la última grieta del lavadero. Sos muy problemático. Pensás mucho las cosas. Te haces problema por todo. Cuando niño, padre decía: te ahogás en un vaso de agua. Cuando niño, madre decía: no te encierres así que no ganas nada. Otros ya lo entienden. El último cavernícola del estado hipnótico del cuarto contiguo agita que las cosas están bien. Otro, el malevo, el de vena nerviosa, el que está a punto de explotar, declara: todo está mal. El más aventurero escribe en su diario pálidas cotidianas; no es mucho decir que a su último diario lo tituló: Apuntes para una cotidianidad intrascendente. Aquél está mal. Los que escuchan, mitad aplauden, mitad lloran, mitad odian, mitad no dicen nada. También están los fantasmas: ellos ya saben de antemano cómo vendrán las cosas; lagrimean ante el advenimiento del futuro, ante el atroz estado de todo y todos. ¿Sólo resta qué?
5 jul 2008
Le pregunto a J. si opina que es propio de la edad, esto que nos pasa a nosotros, a mis amigos, a mis allegados. La desmotivación absoluta sobre las cosas; el no querer hacer nada. Me dice que no, y que sus amigos están con muchos proyectos, y que no tienen tiempo, y que quieren viajar, que quieren vivir. Le digo que bueno, que nosotros también, pero que hay un factor en común que nos une, que es la desmotivación. Me dice que quizá es porque todos fumamos marihuana todos los días y ya todo se nos volvió monótono. Le digo que no, que, por lo menos, no creo que sea eso. Le digo que me siento bien y que no todo está tan mal, que escucho a Eddie Vedder cantar Society o Hard Sun y me pongo bien. Que veo una película y me meto y me da satisfacción. Es normal, todo eso, me dice J.
2
Me gusta pensar mucho en mis amigos. Martín en el sur, solo, apabullado por las heladas y encerrado en una casa, pegado a la ventana de siempre, con la que nació, proyectando el mismo vacío, el pedregullo de la calle y la soledad, los perros flacos que quizá pasean o vienen corriendo desde quién sabe dónde. El velódromo ahí cerca. Si Martín sale a caminar, a la cuadra, se encuentra con el velódromo abandonado, ese pedazo de cemento gigante entre medio de tierra y matas secas, que ya no sirve, ya no tendría que existir, pero ahí está como reflejo de algo que supo, por muy poco tiempo, ser. Y no está mal que exista el velódromo: acaso sí está mal la misma fotografía mental, cuando uno termina de bañarse, se mira al espejo y dice: aquí estoy, soy el mismo, ¿estoy cambiado o no estoy cambiado?, los meses pasan y yo sigo aquí. El sentir que el otro es el que goza, disfruta, siente.
3
No alcanzo a ver un futuro divertido,
ni para mí ni para ustedes.
Sólo soy aquel que acusan de insignificante,
de don Nadie.
¿Qué quién es? ¿Y qué hace?
El qué cómo dónde cuándo y por qué:
todos ellos me tienen cansado.
Doblegamos la apuesta:
llegaré vivo a los cien años.
(Llegaré muy enojado. La rabia derretirá mis uñas.)
Piso el acelerador, me subo a las veredas,
¿nadie me está mirando?
¡Nadie está enterado!
Me accidentaría contra tu árbol,
volcaría sobre tu césped recién cortado.
¿Estás durmiendo muy en calma, hoy jueves a las cuatro de la mañana?
Elvira pronto dirá: Pedro, ¿qué fue ese ruido?
Y cuando con la mano derecha corra la cortina
me verá, a mí, aplastado.
¿Saldrá a ayudarme?
¿O llamará a la policía?
Quiero saber qué hará.
No probaré, claro: quiero vivir cien años.
2 jun 2008
8 may 2008
Artillería nostálgica
Nos lanzamos siempre hacia lo prohibido y deseamos lo que se nos niega;
así acecha el enfermo las agua prohibidas.
Ovidio
Es muy triste. Realmente, es muy triste. Porque sí, porque no hay nada, después de esta vida no hay nada; este es el único mundo posible y la única vida posible. ¿Y qué pasa? Bueno, pasa que se murió el abuelo de Agustina, y Bruno está metido en el sitio personal de la prima de su novia Agustina, Camila, quien puso una foto de ella con otra sonriente del respectivo difunto. ¿Y qué dicen los comentarios de amigos, familiares, etc. en la foto? Que se lo va a extrañar, sí mucho. Pero también hay muchos ya lo vas a ver de nuevo. Y no. Quiero abofetearlos y decirles que no, que ya está. Que no lo van a ver nunca más. Que vivió 84 años y estuvo gran parte de su vida con ustedes. (Para decir esto consulté todo con Bruno, claro, no me gusta inventar edades; necesito saber siempre, pero siempre, la edad exacta del hombre cuando muere.) Que vivió siempre con las hijas, nietas. ¿Qué más quieren? A veces la humanidad es egoísta. Los humanos quieren ser inmortales. Y yo aún no puedo entender por qué, por qué quieren ser eternos, no envejecer, no sufrir. Y me aterra.
Yo, hoy, tía Patricia, me acordé de vos. (Bueno, qué hago, ¿para qué hablarle a ella si no está? Las contradicciones reinan.) Hoy me acordé de mi tía Patricia. Conjeturé qué pasaría si estaría viva, y claro, me dije, vendría a visitarme. Me ordenaría la casa, me limpiaría los pisos, me llevaría a cenar o vendría a visitarme y ya, siempre con sus dientes al aire, rebasando de sonrisas. Y me haría mimos, porque ella fue el único familiar con el que trascendí el llevarme bien, y también tuve piel, esa química donde podes abrazar a alguien como una tía y darle un fuerte beso en la mejilla o en la frente. Me acordé y bueno, no todos tienen un familiar cerca, dije, total ella ya no está y yo sí que tengo un buen recuerdo de ella.
Llamé a mi mamá en un acto reflejo, recién. La necesidad de pensar en Patricia mientras hablo con alguien cercano a ella, su hermana en el caso de mamá. Atendió. Le pregunté qué hacía. Tomaba mates con Jenny y, seguramente, hablaban de mí, de Bruno, de los hijos, de los hijos que son amigos y sí, hablaban de mí y de Bruno como absolutamente todas las tardes. Mientras mamá escuchaba mis habladurías sobre Patricia y las teorías sobre qué cosas estarían pasando si estuviera viva (encima es su hermana, ahora, que lo pienso, no estuve bien en hacerlo, pero pensaba eso y me lancé sin más que artillería nostálgica sobre el caso), escuché la voz de Jenny por detrás: “Preguntale si está Bruno con él, no te olvides”. ¿Está Bruno con vos?, me preguntó mamá, en un acto acelerado como para complacer rápidamente a su amiga-hermana. No, estoy solo, mamá, le dije. Bruno no está con Emilio, Jenny, le dijo en voz alta. Le hablé de su relación con Jenny y de que el día que ella muera va a ser una pérdida grande y feroz. Metí la pata nuevamente y ella se calló. Le hablé a mamá de ir yo al psicólogo y le dije que odiaría pagarle a un psicólogo porque después de hablar solo, una hora, de mis estúpidos miedos, el psicólogo diría “terminó la sesión” y a continuación me pediría el dinero y no, le dije, no podría hablar y hablar y después desembolsillar. Que no podía tolerar, le dije, una sesión psicológica como mercancía. Está bien, Emi, pero no tenés que pensar en eso, es lo de menos, me dijo mamá, en una respuesta que yo adivinaba con gran facilidad. Después le corté bastante feliz y le dije que la quería y que perdón por estar medio exaltado el día de hoy. Me devolvió los cariños y volví al a pieza; busqué en la biblioteca poemas de batalla, encontré a González Tuñón y me tiré a leerlo. Y releí una vez más este capricho de Juancito Caminador: Subiré al cielo / le pondré gatillo a la luna / y desde arriba fusilaré al mundo / suavemente / para que esto cambie de una vez.
