13 sept 2008

Es raro, cuando uno se escapa, vuelve a las dos semanas, y alguien le hace la pregunta de cómo fue todo. Porque no hay un medio, un desarrollo, o sí lo hay pero no tiene figuración. Dos semanas de desconexión, en un lugar de frío polar y soledad, donde las juntas con gente tienen tópicos generalmente de y sobre dinero, los señores y las señoras hablan de los últimos negocios, los problemas parecieran ser siempre los mismos; la plata pareciera, a simple vista, reinar más que en otros lugares, aunque esto es sólo una fantasía. El noticiero local de Comodoro Rivadavia muestra los paros obreros. El sindicato petrolero reúne cada vez más gente, algunos otros dicen que los petroleros no quieren trabajar, “acá nadie quiere laburar”, pero bueno, los comentarios siempre están y otros hacen oídos sordos y otros alardean sin saber sobre qué alardean. Yo (qué primera persona delatora: yo yo yo, sí, yo, un pendejo totalmente neutral que casi siempre escucha y no se anima a opinar porque, seguramente, no tiene aún la sangre totalmente caliente) escuchaba, y no hacía otra cosa: seguramente ni pensaba. La desinformación es grande; sin PC para chequear un poco internet, sin diarios. Sólo la tele, la tele la tele la tele. Prendo en un momento y muestran los muertos actuales de la guerra Rusia-Georgia y no sé por qué, quiero saber por qué, qué está pasando, pero sólo muertos y muertos, nadie dice por qué, qué hay en el medio, pareciera no importarles, maldito TN, no estoy enterado de nada. Hoy me entero de la victoria del compañero Evo; hoy me entero de que Bush en Beijing dijo algo así como “¿Guerra? ¿Por qué otra guerra?”, acumulando otra joyita falsa más a su atroz prontuario; hoy el profesor relaciona el hecho actual de Georgia con el Galtieri de la época de Malvinas, Estados Unidos de fondo, a ver si nos salva la gran potencia mundial, a ver si acude a nuestra ayuda: ya basta. Volver al clima, volver al crispamiento de venas: si lo vemos en términos de correcto o incorrecto, creo es correcto.

No hay un medio: no sabemos qué hicimos. Sí recuerdo caminar y disfrutar, gracias al reproductor de mp3, que es una salvación –porque yo usaba discman, pero en el bolsillo solía llevar no más de dos discos. Y sí hay momento para caminar y combatir el frío con, por ejemplo, Beyond de Dinosaur Jr., caminar y caminar, en una batalla contra nadie. La mirada hacia el horizonte de puro pedregullo, mientras acompañan los fantasmas de algo que después de las doce de la noche pareciese muerto. O ir escuchando Pavement, Brighteen the corners, que suene fuerte Stereo, y que siga Shady Lane, y sortear las casas, que cada vez están mas yankees y burguesitas, con su pastito recién cortado y sus veredas afiladas y armaditas como las de las familias de los Sims, y jugar, a ver, cada cuántas cuadras hay simplemente una luz en un living, o algo: algún aventurero que no pueda dormir; otro aventurero que vea una película, 2 o 3 amigos tomando una cerveza con la cortina abierta: situaciones que no encontré, aunque tampoco las busqué, era simplemente un registro al compás de la desconexión. La atención puesta en nimiedades que también logran hervir la sangre, de otro modo, claro, pero sí hay un paralelismo.

Rada Tilly va creciendo, con sus casas, como decía, para que la gente desfile el domingo por la costanera, y que señor al volante le haga un comentario a señora de al lado, sobre las casas, mirá esta mansión, mirá esta otra, qué hermoso ventanal, mirá cómo tienen el césped. Hasta hay arquitectos de moda: cada construcción o refacción lleva los mismos nombres en el cartel arquitectónico de su enrejado. Eso pega en el inconsciente, pienso.

No sé qué hice ni qué paso, sólo me quedan vestigios de críticas sin fundamentos que quedaron escondidas; los resabios los cuelo acá en el blogger, porque entro, veo qué onda, lo veo acá, caído, sin sentido, me pregunto para qué está, qué estoy haciendo, qué intento con esto, concluyo en nada, en que no sé, y todo termina en duda. Sólo queda el principio y el fin.

El principio, un viaje en colectivo divertido, viajar con dos chicas de Tandil, las dos enfermeras; un amigo de Río Gallegos las invitó a vivir al sur, a ver si hacían unos pesos más y se desligaban un poco de sus problemas, el famoso empezar de nuevo. Mariana tiene 19 años, y era la joven de ellas, y era linda, muy linda. Gabriela tenía 40. Eran amigas, se conocieron en el Hospital Público de Tandil; al tiempo el viejo de Mariana la echó de la casa porque empezó a practicar boxeo (ya había dejado la escuela, ese había sido el primer enojo del padre, y después un par de cosas más y las descripciones de Mariana sobre lo ogro que es el padre, no las recuerdo, pero eran puntillosas, emocionales y desgarradoras) y Gabriela, separada, sus dos hijos viviendo con el padre, la invitó a Mariana a su casa. A los tres meses salió esta oportunidad, la de Gallegos, y se jugaron. Mariana le mandó un mensaje a su mamá desde el mismo colectivo, que estaba viajando. La madre también le contestaba por mensaje. Viajé 30 horas con ellas, y fue divertido. Me gané el Bingo Andesmar (gracias a ellas, que cuando completé se animaron a gritar “¡Bingo Andesmar, Bingo Andesmar!”, ante la advertencia del azafato buena onda mendocino, que dijo que había que avisar en voz alta, si no, no había ganador), tomé vino con ellas, vi videos de boxeo de Mariana en su celular, veía cómo golpeaba a sus rivales, qué fuerza tenía, y qué delicada era. Empezó boxeo hace un año, y es, seguramente, la reina del gimnasio, con sus ojos miel, su piel trigueña y delicada, rebosante de una feminidad que, pienso, debe causar estragos en el ring.

El fin, estar acá de nuevo encerrado en esta jaula de departamento, que me hace muy bien y muy mal a la vez; cargarme de humo y de indecisión, rechazar las llamadas de mi madre y apuntar estas cosas en forma de diario, inmiscuirme en un infierno de conversación, retomar este texto que empecé cuando llegué y lo dejé tirado y acá está y sigo tipeando sin saber adónde ir pero pensando que de alguna forma, todo esto, para nada agudo, sino borroso y distorsionado, es una posible salvación.

13 jul 2008

Con sólo pensar que Nick Drake reina estos días algo deviene en todo este estado. Algo está mal, o algo está bien. Alguna parte está bien, otra mal. Eso lo sabemos. También sabemos que esto no es así. Que si esto sigue así, va camino a explotar. También conocemos de magia. ¿Conocemos de estabilidad emocional? Patrañas de niño, dijeron por ahí. “Emociones de adolescente”, retumba en la última grieta del lavadero. Sos muy problemático. Pensás mucho las cosas. Te haces problema por todo. Cuando niño, padre decía: te ahogás en un vaso de agua. Cuando niño, madre decía: no te encierres así que no ganas nada. Otros ya lo entienden. El último cavernícola del estado hipnótico del cuarto contiguo agita que las cosas están bien. Otro, el malevo, el de vena nerviosa, el que está a punto de explotar, declara: todo está mal. El más aventurero escribe en su diario pálidas cotidianas; no es mucho decir que a su último diario lo tituló: Apuntes para una cotidianidad intrascendente. Aquél está mal. Los que escuchan, mitad aplauden, mitad lloran, mitad odian, mitad no dicen nada. También están los fantasmas: ellos ya saben de antemano cómo vendrán las cosas; lagrimean ante el advenimiento del futuro, ante el atroz estado de todo y todos. ¿Sólo resta qué?

5 jul 2008

1
Le pregunto a J. si opina que es propio de la edad, esto que nos pasa a nosotros, a mis amigos, a mis allegados. La desmotivación absoluta sobre las cosas; el no querer hacer nada. Me dice que no, y que sus amigos están con muchos proyectos, y que no tienen tiempo, y que quieren viajar, que quieren vivir. Le digo que bueno, que nosotros también, pero que hay un factor en común que nos une, que es la desmotivación. Me dice que quizá es porque todos fumamos marihuana todos los días y ya todo se nos volvió monótono. Le digo que no, que, por lo menos, no creo que sea eso. Le digo que me siento bien y que no todo está tan mal, que escucho a Eddie Vedder cantar Society o Hard Sun y me pongo bien. Que veo una película y me meto y me da satisfacción. Es normal, todo eso, me dice J.


2
Me gusta pensar mucho en mis amigos. Martín en el sur, solo, apabullado por las heladas y encerrado en una casa, pegado a la ventana de siempre, con la que nació, proyectando el mismo vacío, el pedregullo de la calle y la soledad, los perros flacos que quizá pasean o vienen corriendo desde quién sabe dónde. El velódromo ahí cerca. Si Martín sale a caminar, a la cuadra, se encuentra con el velódromo abandonado, ese pedazo de cemento gigante entre medio de tierra y matas secas, que ya no sirve, ya no tendría que existir, pero ahí está como reflejo de algo que supo, por muy poco tiempo, ser. Y no está mal que exista el velódromo: acaso sí está mal la misma fotografía mental, cuando uno termina de bañarse, se mira al espejo y dice: aquí estoy, soy el mismo, ¿estoy cambiado o no estoy cambiado?, los meses pasan y yo sigo aquí. El sentir que el otro es el que goza, disfruta, siente.


3
No alcanzo a ver un futuro divertido,
ni para mí ni para ustedes.
Sólo soy aquel que acusan de insignificante,
de don Nadie.
¿Qué quién es? ¿Y qué hace?
El qué cómo dónde cuándo y por qué:
todos ellos me tienen cansado.
Doblegamos la apuesta:
llegaré vivo a los cien años.
(Llegaré muy enojado. La rabia derretirá mis uñas.)
Piso el acelerador, me subo a las veredas,
¿nadie me está mirando?
¡Nadie está enterado!

Me accidentaría contra tu árbol,
volcaría sobre tu césped recién cortado.

¿Estás durmiendo muy en calma, hoy jueves a las cuatro de la mañana?

Elvira pronto dirá: Pedro, ¿qué fue ese ruido?
Y cuando con la mano derecha corra la cortina
me verá, a mí, aplastado.
¿Saldrá a ayudarme?
¿O llamará a la policía?
Quiero saber qué hará.

No probaré, claro: quiero vivir cien años.

2 jun 2008

Into the wild


There's a big /A big hard sun / beatin' on the big people / in the big hard world
  

8 may 2008

Artillería nostálgica

Nos lanzamos siempre hacia lo prohibido y deseamos lo que se nos niega;
así acecha el enfermo las agua prohibidas.

Ovidio



Es muy triste. Realmente, es muy triste. Porque sí, porque no hay nada, después de esta vida no hay nada; este es el único mundo posible y la única vida posible. ¿Y qué pasa? Bueno, pasa que se murió el abuelo de Agustina, y Bruno está metido en el sitio personal de la prima de su novia Agustina, Camila, quien puso una foto de ella con otra sonriente del respectivo difunto. ¿Y qué dicen los comentarios de amigos, familiares, etc. en la foto? Que se lo va a extrañar, sí mucho. Pero también hay muchos ya lo vas a ver de nuevo. Y no. Quiero abofetearlos y decirles que no, que ya está. Que no lo van a ver nunca más. Que vivió 84 años y estuvo gran parte de su vida con ustedes. (Para decir esto consulté todo con Bruno, claro, no me gusta inventar edades; necesito saber siempre, pero siempre, la edad exacta del hombre cuando muere.) Que vivió siempre con las hijas, nietas. ¿Qué más quieren? A veces la humanidad es egoísta. Los humanos quieren ser inmortales. Y yo aún no puedo entender por qué, por qué quieren ser eternos, no envejecer, no sufrir. Y me aterra.

Yo, hoy, tía Patricia, me acordé de vos. (Bueno, qué hago, ¿para qué hablarle a ella si no está? Las contradicciones reinan.) Hoy me acordé de mi tía Patricia. Conjeturé qué pasaría si estaría viva, y claro, me dije, vendría a visitarme. Me ordenaría la casa, me limpiaría los pisos, me llevaría a cenar o vendría a visitarme y ya, siempre con sus dientes al aire, rebasando de sonrisas. Y me haría mimos, porque ella fue el único familiar con el que trascendí el llevarme bien, y también tuve piel, esa química donde podes abrazar a alguien como una tía y darle un fuerte beso en la mejilla o en la frente. Me acordé y bueno, no todos tienen un familiar cerca, dije, total ella ya no está y yo sí que tengo un buen recuerdo de ella.

Llamé a mi mamá en un acto reflejo, recién. La necesidad de pensar en Patricia mientras hablo con alguien cercano a ella, su hermana en el caso de mamá. Atendió. Le pregunté qué hacía. Tomaba mates con Jenny y, seguramente, hablaban de mí, de Bruno, de los hijos, de los hijos que son amigos y sí, hablaban de mí y de Bruno como absolutamente todas las tardes. Mientras mamá escuchaba mis habladurías sobre Patricia y las teorías sobre qué cosas estarían pasando si estuviera viva (encima es su hermana, ahora, que lo pienso, no estuve bien en hacerlo, pero pensaba eso y me lancé sin más que artillería nostálgica sobre el caso), escuché la voz de Jenny por detrás: “Preguntale si está Bruno con él, no te olvides”. ¿Está Bruno con vos?, me preguntó mamá, en un acto acelerado como para complacer rápidamente a su amiga-hermana. No, estoy solo, mamá, le dije. Bruno no está con Emilio, Jenny, le dijo en voz alta. Le hablé de su relación con Jenny y de que el día que ella muera va a ser una pérdida grande y feroz. Metí la pata nuevamente y ella se calló. Le hablé a mamá de ir yo al psicólogo y le dije que odiaría pagarle a un psicólogo porque después de hablar solo, una hora, de mis estúpidos miedos, el psicólogo diría “terminó la sesión” y a continuación me pediría el dinero y no, le dije, no podría hablar y hablar y después desembolsillar. Que no podía tolerar, le dije, una sesión psicológica como mercancía. Está bien, Emi, pero no tenés que pensar en eso, es lo de menos, me dijo mamá, en una respuesta que yo adivinaba con gran facilidad. Después le corté bastante feliz y le dije que la quería y que perdón por estar medio exaltado el día de hoy. Me devolvió los cariños y volví al a pieza; busqué en la biblioteca poemas de batalla, encontré a González Tuñón y me tiré a leerlo. Y releí una vez más este capricho de Juancito Caminador: Subiré al cielo / le pondré gatillo a la luna / y desde arriba fusilaré al mundo / suavemente / para que esto cambie de una vez.

¡Cómo me gusta tu versión de Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again, Chan Marshall!

Si lo que querías era ganarte a Bob,
bueno, Chan, yo creo que ya lo lograste...
(aunque el plus de Song To Bobby también te dió créditos, lo sabemos).


15 abr 2008

El jueves pasado, jueves 10, fue mi cumpleaños. Pensé que no iba a hacer nada y llegué a las 11 de la noche a casa, donde estaban unos amigos y ya estaban por salir unas pizzas caseras. Después llegaron 4 amigas chilenas, dos amigos del sur con otras dos amigas del sur, unos amigos de San Pedro que viven en Buenos Aires y alguna persona más y todo salió así y espontáneo. Pedimos unas cervezas y mi casa se cargó también de humo y yo empecé a paranoiquearme un poco por los vecinos porque puse algún disco de los Clash y también sonó Blonde on Blonde y Clap Your Hands Say Yeah a todo volumen. Todo estuvo bien. Después, más tarde, caminábamos y nos metimos a la peña Los Cardones, que es bastante berreta, pero estaba abierta y era jueves y no queríamos caminar. Volví a las ocho de la mañana y cuando volvía me compré varios diarios, no sé por qué, y una tableta de chocolate Aguila para hacerme un submarino. La gente ya estaba muy alterada o eso pensé en mi letargo. Llegué y había una pizza entera al horno y un cartel, en la cocina, que decía: "Mastro, pensé que ibas a llegar con hambre y me puse a hacer otra pizzita. Comé tranquilo, Rami." Me puse contento pero no tenía mucha hambre. Me acosté y ahora no me acuerdo, pero creo que dormí quince o veinte horas. Cuando me levanté pensé que al cumplir veintidos años todo sería diferente pero sólo fue un día más, con varios extras de risas y un teléfono al que le llegaron muchos más mensajes de lo que está acostumbrado.
Obviamente, no recibí ningún regalo. No es lo que importa, lo sé, pero a veces está bueno cuando está el producto ahí y decís ah sí me lo regaló X cuando cumplí veintidós. Una pelotudez bárbara y plana pero cuando no están uno se queja -silencioso, claro. O se queja mediante un blog con un seudónimo, en un blog donde habitan cada un par de semanas dos o tres o seis o veinte lectores, no lo sé pero eso sí que es lo que no importa. Me voy al Bafici a ver Mister Lonely, en la que, según comentarios, es la mejor sede del festival -no lo comprobé-: el Teatro 25 de Mayo (por su estructura y no por otra cosa, o eso creí leer o escuchar).