Darío estaba en contra de todo, esa noche. Era el cumpleaños de 15 de su prima, a la que no ve nunca, de la que siempre estuvo alejado. La prima, Melisa, se largó a prender unas 15 velas. Pusieron luz tenue, música melosa, y arrancó a entregar, micrófono en mano, cada una de las velas. A mis amigas Julia, Tamara y Azul, que me acompañaron siempre, dijo. Se empezó a hacer muy tedioso. En la vela 6, llamó a Darío y su hermano. Que siempre los tuvo lejos y que gracias por estar siempre. Algo así fue lo que dijo. Darío estaba colorado y lo que menos quería hacer era pasar ahí al frente. Recibieron aplausos y también estaba toda su familia. Yo era uno más, estaba en la mesa hablando con Esteban, que somos compañeros de Melisa de curso y nos invitó y es al primer cumpleaños de 15 que vamos. Yo ya estoy grande para estas cosas. Repetí dos veces y entré tarde al colegio. Ya tengo 18. Bueno, en la vela 4 Melisa llamó a sus tíos, los padres de Darío y el hermano, que no sé el nombre. En la vela 2 Melisa llamó a sus padres y a su hermano. Darío sabía que alguien faltaba. A Darío se le figuraron en la mente la cara sonriente de su abuelo muerto y a lado la de su madrina, la tía P., que murió tan joven y era la más querida en la familia. Melisa se largó a llorar y Darío avistó todo en una sola imagen. Se le cayeron dos lágrimas tan rápido como jamás había pasado y, en el medio de todo, se fue al baño. Llegó al baño, se prendió un cigarrillo y se miró al espejo. Lloraba. Escuchaba todo. Y escuchó: Esta primera vela es para mi nonno y mi tía que ya no están más y se fueron de un día para el otro. Los seguimos extrañando mucho y, por eso, quiero llamar a mi hermano y a mis primos para que la reciban. Darío escuchó los aplausos y pensó en ir o no ir. Decidió que no, que lloraba, que no le convenía. Después de esos aplausos yo me dirigí al baño porque sabía que él iba a estar ahí. Yo estaba en la mesa de al lado y lo vi todo el tiempo, él es más grande, siempre andaba solo y aparte era el único que fumaba, así que yo ya le había pedido dos o tres cigarrillos. Llegué al baño y se miraba al espejo. Le di un abrazo y le dije que está todo bien, que ahí adentro, todos lo entendieron. Se secó las lágrimas y me dijo dale, vamos, que no es para tanto, sólo fue un golpe bajo y yo ya no estoy para estas cosas. Volvimos al salón, nos sentamos juntos y nos tomamos una cerveza.
28 mar 2008
24 mar 2008
Fruit tree
Tantas cosas se han escrito ya sobre Nick Drake. Tantas, tantas, tantas mejores que ésta. Recopilaciones sobre su vida, datos biográficos impecables, principios de rastros por donde pasaba el universo Nick, fotos blanco y negro que lo dicen todo de un individuo alto, triste y hermoso. Pero es inevitable. Ya una vez escribí sobre él, al llegar de una plaza, pensando en que lo había visto, o eso creí, seguramente era alguien, si no parecido, de mismas características, y ahí creí yo verlo y me encanté y vine y escribí unas lineas sobre cómo él puede presentarse ante uno y en qué casos. Y ahora él también está, después de un fin de semana agitado, de mucho alcohol, de mucho sedentarismo, de mucho asiento y culo y silla y no levantarse y sí, compartir con amigos horas y horas y ya no saber de qué hablar o de qué reírse, aunque el humor sigue afilándose con el correr de las horas y siempre, pero siempre, aun en el cansancio, sorprende. Y ahí está Nick para venir a las ocho en punto de la noche del lunes a decirme acá estoy escuchame y quedate tranquilo. Ahí está su universo y también sus verdades: I saw it written and I saw it say / Pink moon is on its way / And none of you stand so tall / Pink moon gonna get you all / It’s a Pink moon / It’s a pink pink pink pink, pink moon.
15 mar 2008
7 mar 2008
Una de W. B. Yeats
Tuve este pensamiento hace un rato,
'No puede comprender mi amada,
lo que he hecho o haría
en esta amarga tierra ciega'.
Y me quedé del sol muy fatigado
hasta que mis pensamientos otra vez se aclararon,
al recordar que lo mejor que he hecho
lo hice para que bien se me comprendiese;
que cada año lloré, 'Al fin
mi amada lo comprende todo,
pues he logrado toda mi fuerza,
y obedecen las palabras mi llamada'.
Si ella lo hubiera hecho, ¿quién puede
decir lo que habría extraído del cedazo?
Yo podría haber desechado las pobres palabras
y haberme contentado con vivir.
28 feb 2008
El último capítulo de la segunda temporada de Lost acaba de terminar. Acá me tiene, Lost, encerrado por las noches. Acá me tienen, apretado de las bolas, Sayid, Locke, Sawyer, Desmond; para nada Eko y lo bastante Claire. Caí en las redes de la serie, por lo que veo en este mismo instante. Escucho la puerta del vecino de abajo. Tiene más o menos mi edad y no pasé del hola qué tal en cuatro años. Pobre, pienso, la madre no lo deja fumar en su departamento. Sale a cada rato; ahora está de vacaciones universitarias, seguramente, o quizá toda la noche estudiando, pero siempre sale, cada una hora, a fumar a la puerta del edificio. La última suele ser a esta hora, bah, el límite generalmente es a las seis. Yo lo sé porque escucho sus portazos. Sus portazos que dicen mamá acá estoy algún día me vas a dejar prender mi cigarro. Algún día este portazo te va a hartar. Quizá ya se acostumbró, pero su expresión demuestra lo contrario. Hace calor y no voy a empezar la tercera temporada ahora porque tengo sueño. Hoy caminaba por Santa Fe y encontré una librería llamada El Astillero, como el libro de Onetti. Había bastante gente; yo no iba a comprar nada, sólo miraba, ojeaba los estantes y sus contenidos. Se empezaron a ir todos, yo leí las contratapas de unos libros de Lowry que encontré. Ultramarina, su primera novela, y otra novela más que no recuerdo el nombre, y sú último libro, uno de cuentos. Después los dejé y me puse a ver las ediciones locales de editoriales chicas de poesía, que siempre hay algo nuevo y está bueno ver qué aparece, de curioso nomás. Se me acercó el dueño, que era joven y quizá sólo era empleado pero está bueno pensar que él es el dueño. Estabas viendo algo de Lowry, me dijo. Sí, le dije, no había visto nunca libros de él. Le dije sobre Bajo el volcán y le conté que me había fascinado y que también fue muy denso y me costaría por ejemplo ya agarrar nuevamente otro libro de él. Me dijo que Bajo el volcán te deja esa sensación y que después se pasa. Sonrió un poco y después vino y me habló de Francisco Madariaga. Tenía un poco de plata y me terminé llevando un libro de él, que era lo que me alcanzaba, y no otro de Lowry para guardarlo y que él espere al acecho en los estantes para ser revitalizado.
Pienso en este tipo de escritura y no sé adonde va, adónde se dirige, qué pretende hacer. No es lo que importa en este momento. Tampoco es claro lo que importa, no pretende serlo, no lo busca. Se largó a llover de la nada. Seguramente mi vecino ya entró a su departamento. Mi ventana está abierta y la PC cerca. Siempre pensé que algún día se mojarían los cables y esto estallaría. Nunca pasó, ojalá que no sea hoy el día. A luz de velador leeré algún retrato correntino por Madariaga, si llego con el sueño. En no más de veinte minutos me voy a dormir; por suerte no voy a llegar a tiempo para arrepentirme y culparme de escribir estas estupideces.
17 feb 2008
Viejón
Teníamos ocho años y solíamos jugar a la pelota en el patio del fondo. Por esos años, todo el patio era césped, no había cachivaches tirados y el espacio era sumamente confortable. Detrás de este mismo patio se encontraba la casa abandonada. El bungalow abandonado, devenido en inmobiliaria por estos días. La antigua casa de Charly (todos lo llaman diferente; en este texto aparecerán, por momentos, todas las voces) estaba caída, llena de basura y había una cantidad de perros que ningún hombre libre, fuera de un criadero, pudo haber poseído. El problema, si se lo puede llamar así, a nuestra edad, era ese: si la pelota volaba sobre el paredón, caía en el refugio de Carlitos. Ahí empezaba el piedra papel tijera, el te toca a vos, y sus derivados, para decidir quién iba. Un día, quizá un cuatro de enero o un diez de abril, me tocó a mí. Trepé el paredón, agarré la pelota y la lancé de nuevo hacia el patio. El miedo, o supuesto miedo (los rumores sobre él nunca fueron malos, pero siempre existieron los niños crueles que imponían por sobre los demás un Charly aterrador y quién sabe qué otras tantas cosas) no logró dominarme y me animé a lo casi exclusivamente único que ocupaba mi cabeza cuando me acostaba todas las noches y espiaba por la ventana de atrás, para comprobar cosas como si Carlos se sentaba en mi paredón, espiaba la casa, se imaginaba ser padre o hijo o ser yo y pasar nuestros –porque sí, aquellos días fueron de los dos– momentos juntos en silencio, atados en algún punto y separados por un paredón. Aquella tarde entré y sentí un frío en los huesos, ese mismo frío que ahora recuerdo sólo cuando estoy delante una chica y no sé de qué hablar –aunque aquél frío, tergiversado por la memoria y los pocos recuerdos de la infancia, cala más hondo. Ahí lo conocí. Claro que no hablé, ni dije nada, sólo me quedé helado y nos miramos; él estaba sentado junto a unos seis perros que revoloteaban por su ámbito y fumaba uno de esos cigarros que nunca nadie supo qué contenían, porque parecían armados clásicos de tabaco –aunque algunos supieron decir que fumaba palitos de madera. La kioskera me confesó por aquellos años que le regalaba de vez en cuando varios paquetes, aunque todo seguramente se dijo sobre lo que fumaba él.
Carlitos murió y yo me enteré tarde. Todos crecimos junto a él. Familia, amigos, conocidos, compañeros de clase, todos. Yo con 12 años volviendo a casa de la escuela, al doblar la esquina de la ferretería, Carlos sentado junto a un perro, fumando, su ropaje negro y sucio, su barba blanca y larga, su eterno gorro negro y, claro, la mirada furtiva y sabia del que calla. Yo con 16 años volviendo a las siete de la mañana del boliche, bajando en la parada, caminando a casa esas dos cuadras y Carlitos, el Eterno, sentado siempre en su lugar. También tuvo otros lugares (aunque nunca tan legendarios como la esquina de la ferretería, con vista hacia la ruta de entrada al pueblo –en algún punto Carlos sabía todo de todos y él, dotado del sentido de la vista más agudo, se infiltró como un dios invisible en su propia novela–): el paredón pegado a la panadería de El Asfalto –quedó su nombre así al ser la primera calle asfaltada del pueblo–, el almacén Valle Medio y algún que otro rincón de por ahí, nunca con tanta validez como su reposo de la esquina de la ferretería en la esquina de casa.
Cuando volvía a Rada Tilly después de un año, y veía a Carlitos, notaba su envejecimiento. Pero por otro lado siempre estaba igual, al ritmo de los años Carlos se había congelado, como si el fuera el ojo que calcula cuántas casas de más se construyeron a lo largo de un año. Pero este año fue diferente. Carlitos murió en el frío invierno del año pasado; su cuerpo no resistió más. Calculan sus años pero nadie los sabe; los rumores de su familia de antaño son muchos pero nunca se esclareció nada. Ahora unos amigos hicieron un stencil de él y quedó retratado en las esquinas. Toda la evolución del pueblo seguirá conociéndolo. El otro día me detuve a mirarlo. Me vio el ferretero, don Juan, que me conoce. No lo voy a borrar, quedate tranquilo, me dijo. Reí tímidamente y le dije lo sé.
29 ene 2008
Leo las andanzas de Geoffrey Firmin, en 1938, en México sobre el Día de los Muertos. Geoff desciende cada vez más hacia las puertas de su infierno. Yvonne volvió pero ya nada puede volver atrás; el alcohol continúa forzando el descenso del cónsul británico, que escribe largas cartas ficticias a Yvonne, cartas que nunca serán entregadas, cartas que él mismo sabe que quemará después de terminar de tomar estricnina o mezcal o tequila. Y al poner punto final: fuego. Las páginas de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, logran lo que obviamente logran las enormísimas y eternas novelas, el traspaso del flujo de sentimiento, el pegote o acercamiento al personaje, claro que todo par desconcertar y arremeter contra nuestra cotidianidad. Cenar con Familia, pensar en Geoffrey. Trabajar colocando una jaula de aluminio pesada y reluciente sobre una Toyota 4x4 elegante y pensar en cómo sería Yvonne. Pensar en las virtudes y defectos y puntos oscuros y no tan oscuros -pero nunca brillantes- del periodismo y acercarse a Hugh, hermanastro del cónsul.
II
El cyber está oscuro y con las cortinas cerradas; afuera hacen 32 grados y la playa está llena; en Rada Tilly pocos son los días de playa y este verano ha sido la excepción, ya que hace varios días que no corre el viento infernal lugareño y todos están conmovidos por este extraño y novísimo suceso oculto que se arrima al terreno patagónico. Claro que en el cyber estoy solo. Por suerte dejan que fume cigarros. El dueño, o el que está a cargo, escucha una cumbia que dice: cómo es que matan, a una niña tan pequeña, sólo tenía doce años, toda una vida por vivir. Ya la había escuchado, pero ahora presté atención a lo que decía, ya no recuerdo pero una parte también dice Tirada, violada[...] por qué, ¿quién fue?, todo a ritmo de cumbia. No entendí mucho y me cayó una ficha: en cuanto a lo nacional actual apenas conozco algunas bandas de rock under pero no sé qué se está haciendo a todo nivel. y de curioso nomás, no para escuchar. Cómo se llaman, che, le pregunté recién al del cyber, que lo tengo atras. (Esta ventanita de blog está minimizada, bien chiquita, porque sé que está aburrido y no quiero que me espíe. Encima justo ahora que estoy escribiendo sobre su cumbia y un poco sobre él.) Agrupación Marilyn, me dijo. Ah, le dije, y sigo aquí. El sol recién se oculta a las 11 de la noche. Los días son largos; ayer cené a las dos de la mañana.
III
El soundtrack de mis días quizá posee curvas, pienso. Ahí se cruzan Carlos Carabajal con el último Indio Solari; todo Dylan con un poco de Air y Lali Puna y Wilco y Elliott Smith y Atahualpa; también están Marvin Gaye, PJ Harvey y Elvis Presley. Aunque lo que más suena es Dylan, como para sentir cada vez más cerca el encuentro. Bello marzo cobijará corazones libres y sedientos de voz carrasposa de El Viejo.