20 sep. 2011

Había una vez un día en el que tenía que ir acomodando las palabras de acuerdo a lo que aparecía en mi cabeza. Ese día era éste y yo acomodaba las palabras según aparecían en mi cabeza; las palabras que venían las sentía débiles y era un día en el que no me sentía inspirado para pensar en qué tendría que escribir, prefería no pensar en qué y sólo escribir en función de descargar lo que tenía adentro, en ese adentro donde no había nada. Punto. Punto seguido. Volvía en ese día a pensar y escuchaba los colectivos que pasaban por la calle, escuchaba y tenía miedo de la ventana abierta porque hay un nido de ratas en la construcción de al lado y ya vi varias y no quiero que ingresen. Había un dia entonces en el que había pasado la mayor parte de ese día recostado y había llegado al punto en el que el vacío era tan grande que prefería pensar en distintas comidas que había degustado a lo largo de una vida. Las comidas no eran muchas y particularmente había un plato de pastas en un invierno de Esquel, aquel plato era recordado como el mejor y después venían distintos asados, nada del otro mundo. No había de qué preocuparse pensando en comidas, hasta el momento que la preocupación se apareció debido al nefasto presente, ese presente que se hace cada vez más largo y repetitivo, con movimientos uniformes y tan claro como el agua en el sentido de obvio y manipulado a priori en la dirección exacta que ya se vislumbraba en la introducción que fue el abandono al cual accedí. Había un día entonces en que me di cuenta cuáles eran los próximos pasos que no podría dar y cuáles eran los próximos movimientos a los cuales iba a acceder; ciertamente fue un día en el que avisté mi vejez, mi cuerpo lo vi parsimonioso en un sillón y sabía qué pasaba a mi alrededor y quiénes me rodearían. Sabía entonces aquel día dónde me encontraría cuáles eran las noticias y qué era lo que pensaba en ese tiempo futuro sin cuotas de incertidumbre. Debía dinero, era acusado por los topos por mi condición y algunas personas me defendían sólo en nombre de mi existencia. Yo alimentaba un perro el cual no me tenía mucho cariño y me recordaba al perro de mi infancia, entonces ahí supe que el remolino que guardó para mi la existencia era sólo cuestión de entender que cuando me alisté para ingresar a este submundo intuía que el devenir podría chocarse con el azar en algún momento pero no en contadas ocasiones. Entonces me repetía frente al espejo que el día llegaría y ese día y solamente ese día volvería a alistarme, la cuestión es no dañar al otro me decía, como si viviera por y a través de los demás.

27 ago. 2010

Y el día llegó. El día en que tendría que decidir mi próximo movimiento. Un movimiento de verdad, no como los otros, aquellos saltitos en los que siempre caía en el charco. La locura llegó hace rato. Tanto a ella como a mí nos presentó cuerpo, forma, sudor y lágrimas. Ahora: esperar. Como siempre: esperar. Y otra vez: esperar.

3 dic. 2009

Un par de flores secas continúan marchitándose debajo de la cama. La foto que pensé que aún existía ya no está. La oscuridad del día no se convierte en luz y menos lo hará de la mano del frenetismo citadino. Ay, María, adónde harás lugar para enterrarme. ¿En qué sonrisa me reflejaré por unos segundos para después hacerme polvo? El muro que construimos es derribado por las voces determinantes, heroicas en su búsqueda de sangre. ¡Victoria, victoria! Cuando llegue el momento el desfile visual se hará cargo de acorralarme. Calma, calma, la tradición fijará en mí lo que a todos.

21 may. 2009

Estoy con los auriculares puestos, la música al caño, absorbido por el momento; la luz apagada y el reflejo gigante del monitor que me pega en la frente. Si apagara la música, ahora, escucharía quizá el noticiero del departamento de abajo, leves sensaciones de la calle ya que el portero está con la puerta abierta y haciendo de guardián, leves sensaciones también de la otra calle, ya que estoy en un contrafrente, bueno, escucharía ruidos de todos lados que formarían una maraña soportable acaso 15 de las 24 horas del día. Es preferible, ahora, no escucharlas. Refugiarse no es protegerse. Encerrarse no es escaparse. Desobedecer no es rebelarse. Ahora sería el momento para estar solo en una playa y no tener a nadie en veinte kilómetros a la redonda. Esto no es un para siempre. Es un momento. Atengámonos a las consecuencias. Se me figura estar solo en una playa por un rato ya que la semana pasada encontré tirado por la red un archivo de una entrevista radial a Shaman Herrera, músico comodorence que vive en La Plata. El entrevistador parecía un viejo extraño, que interrumpía las canciones de Shaman con poemas de él; escuché uno o dos y los empecé a saltear porque la forma de recitarlos era abominable. No sabía nada de Shaman y los hombres en llamas o casi nada, tenía los discos ahí sobre el escritorio, e iba preguntándole al tuntún. Shaman tocaba un tema, y el personaje preguntaba de qué iba la canción; Shaman respondía y él volvía a lanzarze con un poema. Por suerte algunos no eran de él y aparecía Lawrence Durrell o Gregory Corso (¿o Ferlinghetti?). En un momento, Shaman cuenta cómo desde Comodoro (supongo que desde Diadema) agarró el auto y se fue hasta El Límite, playa a las afueras, yendo a la frontera con Santa Cruz, donde la bahía costera es chiquita – limitada por dos cerros como acostumbran las playas de la zona– y en la parte del cerro derecho, ahí abajo ya en la playa, hay unas cuevas a las que se puede ingresar cuando baja la marea. Tengo el recuerdo, ahora, de estar en esa playa, de estar con mis viejos, y de que no me dejen ir a las cuevas por el hecho de la muerte. Siempre se corrió la bola de las personas que morían en las cuevas por quedarse atrapadas cuando la marea subía. Tengo también el recuerdo bobo de haber ido ahora, de más grande, y que el peso psicológico paterno caiga y que me haga decir que no, que para qué voy a ir a meterme. En eso Shaman cuenta que se fue en auto hasta la playa, una tarde. Que estaba solo, y que se metió en las cuevas. Ingresó y empezó a caminar; también lo dominó el miedo, pero supo enfrentarlo. (Quizá esto es difícil de figurarlo, pero vale la aclaración: la diatriba “el mar es traicionero” hace estragos en cualquier habitante costero; si uno ingresa en la cueva puede, intuyo, taladrarse fuertemente con la cercanía de la muerte y el mar, el vasto mar luchador y furioso, como asesino natural.) Caminó y caminó en la cueva, hasta que se dio vuelta y el mar, a lo lejos, con su música repetitiva y uniforme, lo tranquilizó. Cuenta que ya no tuvo miedo y, por el contrario, sintió una calma maravillosa, de esas que detienen el tiempo y uno tiene la seguridad o imagina que lo único que está pasando es el volver a la vida, a la vida como algo maravilloso (sensación que vamos desgastando, o tal vez olvidando, con el correr del tiempo). El principio de la cueva le construyó un marco fenomenal: desde adentro y en lo profundo podía ver algo de arena, podía avistar gaviotas, podía jugar a que los puntos negros en el mar fuesen patos, hecho comprobable al salir después a la luz. Ya no recuerdo cómo terminó la entrevista, pero sí recuerdo que sonó El Primer Color, ahí donde Shaman tiñe de rojo la tierra, la sangre en la arena; ahí donde somos el uno y el otro, donde la canción es digna de la mejor interpretación antropológica. El rojo, primer color de todo. Y ahí dentro, pude ver las playas. Silencio, lo toco con las manos. Y el rojo, lo huelo en el aire. Perfectos, son todos estos rostros. Besalos, que yo te los regalo. Entreabro los ojos al mediodía. Y es rojo, el horizonte es rojo. Soy solo, soy uno y soy el otro. Soy rojo, mi voz destiñe otro. Ahí donde pisamos, ahí donde estuvo el otro, ahí donde la colonización hizo estragos, la violencia y la matanza como bandera, en nombre de la civilización, de una supuesta evolución. Pero acá estamos; somos el uno y el otro. Las ideas dominantes de una época, son las de la clase dominante, al decir de Marx.

18 may. 2009

Y ahí estoy, como un tonto superado, pensando en que lo que hago, hoy, está bien. Ahí estoy, machacándome contra la pared, desfigurando mi rostro, interpelando mis verdaderos deseos, obstaculizando lo que erróneamente algunos llaman camino. Estoy, pero no estoy, porque deambulo como un fantasma, me aparto continuamente de lo que intento ser, me regodeo cuando algo tan pequeñito sale bien, me entristezco cuando algo también tan chiquito, sale mal. Ahí estoy y ahí estamos, en la nada misma, en esta cosa plástica que yo no sé definir y vos, que es peor, no llegas ni a verla. La cosa artificial, que nos rodea en busca de compañía, de unirnos, en una sinrazón apabullante, destilando ausencias, ausencias, ausencias. Ahí estoy con treinta años una vida boludita y vos sin poder verme, fortaleciendo mi identidad de hormiga. Acá estoy temblando sobre las palabras y vos que hace sólo un rato me contabas de tus historias pasadas y de tus amores y de cómo te dejaron y de cómo dejaste y yo, con la cara de piedra, el cigarrillo infumable tragándomelo todo, la sonrisa latosa, que ya me conocés hace un año y aún no te avispas de que no está todo bien, de que yo ahí me estoy sabiendo perezoso, incómodo y deseando cualquier otra situación, la que sea. Ay, el amor, tan distinto a las atrocidades individuales, tan diferenciado de la vida y la muerte, que golpea a destellos, bien, te digo, ahí me contabas cualquier horror de lo que pudiera haber sido tu vida en determinado momento, y mi cara de piedra se hubiera transformado en simplemente mi cara, la única que tengo y puedo mostrar cuando sólo soy yo... Pero no, nos enfrascamos, juntos, en lograr desconocernos en presencia; me trago el salivazo cuando en una especie de egolatría deprimente te afirmo cuánto perdí cuánto salió todo mal cuán mal estamos qué perdido está todo. Haces oídos sordos y eso termina gustándome, trato de cobijarme en tu lerdo y mínimo cariño, en tu forzosa búsqueda de compañía. Y ahí estoy, con mis años, vendiendo mi fuerza de trabajo atendiendo clientes (sonrío ocho horas con el ánimo por el piso), para después, en la infernal ciudad, esquivar individuos que se parecen a Frankenstein, llegar y esperarte ansioso sin poder ni siquiera calmarme y al vos venir, tarde y sin ganas y con una obligación que se parece a la que yo tengo con el supermercado, repetir lo que repetimos hace tiempo, el intento de conocernos un poco más, sin destino, como dos lagartijas en el desierto. Y ahí estoy y te bajo a abrir la puerta, no te enojes que me voy, me decís, ya no recuerdo qué contesto, pero camino famélico a tu costado, en silencio y en una búsqueda que intenta buscar las palabras para después acomodarlas en la oración y que no, no están, no hay posibilidad de ser determinante, escojo el silencio y vos lo único que repetís es que no me enoje. Te sigo diciendo que no y nos despedimos; la repetición de la cadena sé que se seguirá dando en las próximas semanas, por decir algo, por decir cualquier cosa, por en vano dejar la marca de que el ideal de construcción que mañana al caminar me guiará la sonrisa es falso, es mentira, que es barro amoroso del porvenir idiota que acumulamos a la par del descuento de los días.

7 abr. 2009

No entiendo. Suena música todo el día. Canto chotamente arriba de varias canciones. Por ahí agarro la criolla y toco cositas que, al momento, siento que le agregan al tema. Tampoco me fijo en si está sonando armónicamente, o acorde a la canción. Es lo que sale. Mientras, tomo mate, fumo un poco de yerba y, por estos días, cigarrillo tras cigarrillo. Mientras, la hecatombe. Mi celular suena cada media hora, más o menos. Ahora es la mañana, y no está sonando. Pero ya le saqué el modo “silencio”. Cuando desperté, tenía 31 llamadas perdidas. En mi vida-celular, nunca tuve más de 2 o 3. Nunca fui muy solicitado, nunca tuve una chica que me buscó desesperadamente, que no me encontró, que se obsesionó en que podría andar en “cualquiera”, esas cosas. Pero no estoy viviendo solo. O sí, solo. Está mi primo, y una amiga de él. Todo empezó, más o menos, en enero. Una llamada perdida, los primeros días en enero, de mi primo. Me decía: Mirá, más o menos por marzo, va a venir una amiga de Suiza. Y necesita alojamiento, ¿me hacés el favor? Era enero, yo escuchaba música todo el día con amigos, tenía preocupaciones de tacto familiar y bebíamos más de lo que recuerdo. Le dije que claro, por qué habría problemas. Nunca más hablamos y, hace dos semanas, me mandó un mensaje: Che, hoy llega, estate en tu casa. Yo dormía. Sonó el timbre, me asusté, como siempre que suena y duermo, vi el mensaje, fue todo rápido. Bajé y era Manuela, de cuarenta y siete años, sonriente y alegre. Bueno. Entró a casa y tomamos mate y hablamos por horas. Me contó de sus viajes por el mundo, de su trabajo de enfermera en un hospital público de Zurich, de la pérdida de un hijo, de su hermano, que vivía en Dakota, de su madre, napolitana veinte años mayor que ella. Hablamos de otras cosas; le dije, de entrada, que era malo para explicarle costumbres argentinas y definirle –esto me lo pedía– al Ser Argentino. Ya te irás dando cuenta, al tún tún, creo haberle dicho, y sonrió –no sé si entendiendo. Bueno. Pasaron dos semanas. Entre este tiempo fue un poco al norte, volvió a Buenos Aires, y se volvió a ir a Uruguay, esta vez con mi primo, y volvió ayer a las dos de la mañana. Yo ya casi dormía. Cuando entraron, me dijeron que hoy pasaría el taxista, ya que no le pudieron pagar con un billete de 100 pesos, porque estaba apenas roto. Fue todo muy raro, dice mi primo, le dimos el billete, se lo puso al bolsillo y después lo saco y dijo “está roto”, le dijimos que no teníamos otro, y dijo que no tendría problemas en pasar. Me paranoiqueé un poco y dije uy, estoy frito. No tenía cigarrillos, ni plata, y les dije si me prestaban algo para ir a comprar al kiosco. Me dieron los 100 rotos, apenas rotos. En el kiosco, después de que me embolsan los cigarros junto a una Coca-gigante, le doy el billete al narigón que me jode por mi pelo enmarañado día a día y me dice: Qué pasa, pibe, ¿me querés cagar? Me bloqueo en silencio varios segundos hasta que me dice: este billete es falso de acá a la China. Ahí entendí todo y le digo: Disculpá, un taxista me hizo una estilo Nueve Reinas, qué chanta, disculpá. Volví desilusionado y la conté. Bueno, vuelvo a las llamadas perdidas. Mi primo no tiene celular pero sí tiene novia. Y la novia me llama todo el tiempo a mí, para hablar con él. Estaban en Uruguay, yo no le atendía, hasta que ayer a la tarde le atendí. Lloraba, y me pedía explicaciones. Le dije que mi primo se había ido a dar una vuelta, que yo estaba leyendo, que él también tiene llave. Empezó a contarme que se quieren casar y tener hijos. Yo ya tengo 30, vos no me entendés, te va a pasar a esta edad, me decía. Le dije que esté con calma, que está todo bien. Es la verdad: mi primo y la Suiza son amigos. Se conocieron por MySpace, ella toca la guitarra y canta, medio folk, medio blues, tiene su puñadito de canciones, me las mostró y son muy lindas. Se conocieron por la red, hace mucho tiempo, siempre conversaron virtualmente, y cuando ella vino, mi primo optó por ocultarlo, para evadir el aluvión de celos y todo eso. Porque la suiza ya le había dicho que quería viajar con él, o invitarlo a comer y cosas así, debido a uno de los tópicos más importantes de charla de mi primo, fuera de la guitarra o las canciones: el dinero, el sobrevivir, la hecatombe del hogar, su padre, mi tío –quien no me tiene permitida a mí la entrada a su casa de Torcuato, ya que se ha cagado a golpes varias veces con mi viejo y, dinosaurio, siente lo mismo hacia mi que hacia él (somos uno y el otro). Entonces entiendo que él quiera escapar de su casa, disfrutar con alguien que conversó mucho, el por qué oculta. Ayer volvieron lo llamé a la pieza y le dije. Mañana llamo y la tranquilizo, ya le dije que quería estar un poco solo para pensar, me dice. Y me parte la novia llamándome llorando. Y preguntándome. Y la suiza, sin saber de nada, disfrutando su estadía en Argentina. Ahora duermen, acá en la pieza. Se debe escuchar mi tipeo, y la voz de Daniel Johnston. ¿Estoy solo? ¿No? Nunca. La tranquilidad buscada en el departamento es más difícil que la competencia de pesca entre todos mis amigos en el Lago. Sonó el teléfono fijo, que no tengo la Línea Larga Distancia Telecom, con descuentos para llamar a todas partes del Planeta. ¿Usted adquirió el servicio de otra empresa, Señor? me pregunta, mientras yo trato de imaginar su rostro, su escenario, sus manos. Le digo que no recuerdo. Figura xxxxxx empresa, señor, me dice, y le digo que puede hacer lo que quiera. Si querés que vuelva a Telecom, y me llamás por eso, bueno, haceme volver, pero decime sinceramente si tengo que poner un peso para esto, le dije en un tono grave, pensando internamente si con esa voz podría aparentar una actitud intimidante. Y justo escucho a Daniel cantando: “I spent a lot of money at the pizza shop / just to watch the waitresses walk”. Me habló por minutos chequeando datos mientras yo repetía ajá. Ahora te van a llamar para corroborar todo, apenas corte con vos, me dice. Hace tres líneas, en la u de actitud, sonó la corroboración. Escucho ruidos, ya se deben estar levantando. Voy a poner la pava y los voy a recibir con mates. Me gustaría que mi madre algún día se despierte más tarde que yo, así también la recibo así. La inspiración no existe. Sólo es no tropezar cuando nos embarramos en el zigzag.

11 mar. 2009

Con el rock crecí y seguiré creciendo. Uno va escuchando, creando nexos, enganchándose, enamorándose, continúa, duda de otras cosas, uno es constantemente aderezado por el clima musical que acompaña el devenir. Ahí están las distorsiones y los arpegios y los cuelgues instrumentales, las canciones perfectas, las voces desgarradas, lo que suena sincero para unos y para otros no, el defender a un grupo o a un músico, el criticarlo, el obedecerlo, el seguirlo, el sentirlo. Desde hace unos meses existe en mi vida una banda llamada Ático, de La Plata, la cual fervorosamente suena en mi entorno, la cual me golpea una y otra vez, me deja helado. La banda sacó hace unos años un EP y el año pasado un LP, Compañía. No sabía nada de la banda y me parecía extraño que nunca tocaran. No encontraba nada por internet. Y este fin de semana, en La Plata, en el recital de La Patrulla Espacial, Prietto y Sr. Tomate, estaba Teo, atrás, estirado en una columna, muy serio. Teo es el cantante de Ático. Primero lo vimos afuera, cuando salimos a tomar aire con un amigo. Él pasó solo, caminando desparejo, y cuando mi amigo lo vio que pasó al lado nuestro, agitó un “Aguante Ático” débil, tímido y sincero. Él no contestó ni tampoco nos miró. No opinamos nada. Ya adentro, sonaba Sr. Tomate, voy al baño y lo encuentro a Teo, estirado en esta columna, atrás. Me acerco y le digo, en un acto estúpido pero instintivo, ¿sos Teo? Me mira, sin sonreír, y me dice que sí. Le cuento que estoy escuchando mucho los discos de Ático y que estoy esperando algún concierto desde hace tiempo. Que buscaba información y nunca nada, entonces le consultaba. No recuerdo si se me quedó mirando fijo, pero ahora, escribiéndolo, me gusta pensarlo así. Ático no existe más, me sentenció. Me congelé y aseguré mentalmente lo que ya había pasado por mi cabeza, que la banda se había separado. No lo creo, me repetía cuando accedía al pensar esto, no lo creo. Teo me lo confirmó y bueno. Hablamos un poco y me dijo que estaba tocando con amigos. Que no tenía ningún proyecto por ahora. Que se junta y que sigue tocando. Le dije que yo lo iba a seguir. Bueno, Teo, espero que en algún momento aparezca algo nuevo tuyo, te espero, le dije, y por primera vez sonrió. Bueno, pero no esperes a Ático, porque ya nada va a ser igual a Ático, remató. Está bien, le dije y le di un abrazo. Gracias, che, me dijo y me preguntó mi nombre. Volví a sentarme adelante con mis amigos, a escuchar la banda que hacía en ese momento cantar a buena parte de los espectadores. Después me paré y miré hacia la columna, Teo ya no estaba.